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Estamos en Cuaresma y, como saben, es tiempo de renovación, de ponernos los cristianos a tono en nuestra vida de creyentes. Es una oportunidad más que nos ofrece Dios para recomponer la vitalidad cristiana que estropeamos con la rutina de nuestra existencia, con nuestras miserias, debilidades. Una oportunidad para restaurar nuestro ser cristiano: eso es la Cuaresma.

Me fijo en esta última imagen de las tareas de la restauración artística aplicada a la Cuaresma y se lo explico a ustedes. No hace mucho, por el encargo que me han hecho mis hermanos obispos de las diócesis de Castilla y León de presidir la Fundación Edades del Hombre, ha caído en mis manos un catálogo de obras de arte contenidas en alguna de las magníficas exposiciones llevadas a cabo a lo largo y ancho de nuestra región por esta acreditada institución, y aparecía en él también descrito el laborioso proceso seguido para restaurar en los talleres del monasterio de Santa María de Valbuena algunas de las piezas que se han expuesto. Parecía imposible, un auténtico milagro, haber conseguido que del deterioro tan grande en que se encontraban algunas de ellas, los restauradores hubieran podido sacar de nuevo a la luz, los colores, los tonos, las figuras que estaban ocultadas por capas y capas de humo, suciedad, que el paso del tiempo había ido acumulando. Incluso en algunos de ellos aparecen elementos nuevos que estaban allí enmascarados tras la suciedad.

Me acordé entonces, que algo parecido hace Dios con nosotros, en la Cuaresma: nos restaura, recupera la imagen de Cristo impresa en nosotros por el bautismo.

Toda persona es, por el hecho de serlo, imagen y semejanza de Dios, como nos dice la Biblia. Esta imagen la desdibujamos, la oscurecemos, la manchamos cuando nos apartamos de Dios, cuando hacemos daño a los otros en los que él se refleja también.

Jesús, nuestro modelo, nos restauró con la redención y nos devolvió la semejanza divina. Como se dice en el Concilio Vaticano II, “Cristo nuestro Señor… manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En Él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual”. (GS 22)

Así lo señala también una de las más bellas oraciones litúrgicas del misal: “Dios creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna, se encarnase en el seno de María, siempre Virgen, escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina”.

Seguro que, en cada uno de nosotros, en los demás, hay colores maravillosos, composiciones magistrales, trazos únicos que hemos ido ocultando con el cansancio del vivir, cuando no con el barro del camino, con los contratiempos, con los golpes que hemos recibido, e incluso por las faenas que, como auténticas puñaladas, nos han roto el alma y nos hacen desconfiar de todo. Seguro que hay en ustedes facetas de cristiano, de persona de bien, de alguien maravilloso, que estuvieron más a la luz hace años… y que se han ido oscureciendo, e incluso manchando…, pero que añoran recuperarlas.

Les pediría que se dejen ayudar por Dios en esta Cuaresma, que se sometan a una buena labor de restauración, que recuperen todas las cosas buenas que tienen como persona y como cristiano. ¿Cómo hacerlo? Por lo pronto, procuren rezar en profundidad, con confianza. Y si me aceptan un consejo más comprometido: acudan sin prisa, con humildad y sinceridad al Sacramento del Perdón, quizá hace años que no lo hacen. Incluso, si tienen más tiempo, asistan a algún día de retiro espiritual, e incluso, si pueden, les aconsejo un tratamiento más intensivo y eficaz de restauración: que hagan unos ejercicios espirituales. Algunos de nosotros en ellos cambiamos el rumbo de nuestra vida. Prueben a ver, amigos, y ya me dirán… Y no se olviden de secundar lo que nos pide el papa Francisco en su Mensaje para la Cuaresma de este año bajo el lema bíblico “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8, 19), y que les traslado con una oración que incluye y resume:

“Pidamos a Dios – escribe el Santo Padre -  que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagamos prójimos a nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.

+ José María Gil Tamayo, Obispo de Ávila

Foto: web de la Fundación Edades del Hombre

(Foto: talll

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